La vida cambia, la gente no.

En un mes seré mayor de edad y no puedo evitar empezar a tenerle cierto asco al mundo… Bueno, igual estoy siendo algo duro… Digamos que no puedo evitar ser pesimista respecto al mundo… ¿Mejor?

Llevan años vendiéndome que la universidad iba a ser la experiencia de mi vida, que allí iba a conocer a gente de mis mismos intereses, que iba a ser el lugar en el que haría a los amigos que serían para siempre. En estos primeros días solo puedo ver en mis compañeros a personas inaccesibles, personas que intentan recubrir sus miserias con una sonrisa nerviosa y una apariencia elevada de sí mismos. Supongo que es normal.

Una de las cosas que más me ha reventado durante el instituto ha sido las ganas de aparentar, de presumir… Las redes sociales han acrecentado esto… Cada vez que alguien sale de fiesta publica una foto en snapchat con la hora a la que llega, para que sus contactos al día siguiente lo vean y digan: “Oh, que guay eres”. No sé, supongo que todos pecamos un poco de esto pero esto acaba difuminando un poco lo que es para cada uno ser feliz.

Pero ¿cómo vas a saber si eres feliz? Constantemente nos venden una imagen de competitividad; competitividad laboral, estudiantil, de quien sale más de fiesta, de quien liga más y de quien es más guapo. Y es que ahora llego a la universidad y la gente sigue presumiendo de lo mismo, de lo tarde que llegan a casa, de lo guapos o listos que son y de todo el alcohol que han bebido a lo largo de su vida.

Lo peor viene cuando uno se da cuenta que no es culpa de las personas individuales, sino del mundo que las rodea, no paro de ver gente que trata de ser aceptada, querida, que trata de ser feliz y para ello termina cayendo en las absurdeces anteriores.

Y en medio de todo ello estoy yo con mis miserias y alegrías, con mis ganas de ser aceptado y de pertenecer, de ser algo más que un complemento para los demás y de trascender en la vida de la gente de alguna manera; con mis ganas de cumplir mis sueños y ser feliz. Como todos.

Por último, me gustaría citar un fragmento del libro “La noche se llama Olalla” de Jesús Ferrero, el cual expresa muy bien la idea de este post: “Es una manera de seguir viviendo. ¿Dónde? En la memoria de los otros. Ahí seguimos habitando misteriosamente, y solo cuando la última persona que nos recuerda muere, llega nuestra muerte más definitiva. Lo que podría llamarse la segunda muerte. Esa segunda muerte me espanta casi más que la primera”.

Sin nada que añadir, un abrazo.

Sergio.

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